lunes, 21 de octubre de 2013

Evelin (historia para una partida de rol de Vampiro)


Clack”. Abrí los ojos, mi familia al fin se había ido a descansar. La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas inundando mi habitación, bastante amplia y con robustos muebles de caoba. Me deslicé hasta mi armario y elegí uno de los vestidos más cómodos para andar, sin mucho vuelo y algo desgastado por los años, resultaba ser muy confortable debido a su uso. Salí al pasillo de mi casa temerosa, con el corazón latiendo apresuradamente dentro de mi pecho. La calma reinaba en el largo pasillo, cubierto en penumbras. Con los zapatos en mano para no hacer un ruido al salir, recorrí los largos pasillos. El suelo, de madera vieja, chirriaba en algunos lugares bajo mis descalzos pies, pero nadie pareció advertirlo.
Finalmente, salí de la casa. La noche era templada, el viento no arrastraba las hojas a su antojo, las blancas nubes recorrían con calma el cielo nocturno. Y la luna parecía reinar en la noche más hermosa que nunca.
Hace no mucho tiempo pude ver de casualidad, como algunos chicos plebeyos, escapaban de la parte noble de la ciudad a través de las murallas sin ser vistos por nadie, y desde entonces utilizo el mismo camino que ellos para huir.
No me costó mucho llegar hasta las murallas que rodeaban la ciudad, puesto que mi casa se encontraba cerca de las mismas. Recorrí la muralla hasta llegar a una casa de piedra gris bastante grande. Entonces, me agaché, y con todas mis fuerzas empujé la piedra de la parte baja de la muralla. Esta comenzó a moverse lentamente hasta que al final, quedó al descubierto un pequeño agujero que atravesaba la gruesa pared por debajo.

Atravesé el bosque iluminando mi camino unicamente con la luz de un candil. Sabía exactamente a donde tenia que dirigirme, cada noche mis pasos eran los mismos, los que me guiaban hacia un pequeño resquicio de libertad.
Los árboles eran robustos e infinitos, de alguna manera, aportaban tranquilidad, siempre tan quietos, sumidos en un letargo sin fin.
Finalmente llegué a un gran claro en el bosque, donde los pies de una montaña impedían la expansión del mismo. Allí, había un pequeño risco, situado a poca altura. Como cada noche, subí hasta él y me senté dejando que mis piernas se asomasen al pequeño abismo. Así pasé unas dos horas más o menos, simplemente sentada, disfrutando de la paz que en ningún otro sitio había conseguido encontrar. El olor a pino y los cantos de los grillos junto con la tranquilidad del lugar hacían que mi mente se sumiese como en un leve sueño, en el que nadie podía entrar.

(( Mi vida era una rueda giratoria y repetitiva. Todos los días eran iguales, grises, sin color. Una pequeña prisión de la que no podía escapar. La rutina era como un gran peso que soportaba mi espalda día tras día. Sin poder dejar de pensar ni un solo minuto. Las grandes reuniones a las que mi familia como nuevos ricos tenían que asistir, mi deber de mantener buenas relaciones llenas de sonrisas falsas con todo el mundo, detrás de una máscara. Odiaba no poder ser yo misma, no poder decir lo que pensaba, tener que mentir una y otra y otra vez solo por los vienes materiales y una buena posición. Lo entendía, pero cada día me pesaba más y más.
En muchas ocasiones, cuando salíamos mis padres y yo a dar un paseo en carruaje, veía a los niños pobres jugando entre sí. Riendo casi hasta el llanto, gritando, corriendo, manchando sus ropas sin ningún temor... los envidiaba, y de algún modo pensé que esos niños, aunque no lo sabían poseían algo muy valioso. ))
Abrí los ojos, llevaba mucho tiempo fuera de casa, debía regresar. Descendí cuidadosamente del risco mientras agitaba las faldas de mi vestido manchado de tierra. Abandoné el claro, y me adentré en el bosque. Caminé entre los verdes gigantes con prisa, y solo al rato me percaté, de que algo no iba como debía. Me detuve en medio de la oscuridad, sin apenas respirar y centrándome en escuchar. No se oía nada. Ni los grillos cantaban en las sombras. Asustada por lo que podría suceder, eché a correr por el bosque, ansiando llegar a las murallas y refugiarme dentro de los altos muros de la ciudad. Apenas atisbaba las formas que tenía a mi alrededor, entonces, choqué con algo y tropecé hacia detrás, cayendo al suelo. Levanté el farol temerosa. Un hombre, de mediana edad, pero tenía la piel raída y oscurecida por los rayos del sol. Un jornalero lo más probable, que me miraba con una sonrisa poco tranquilizadora.

  • ¿ Se ha perdido... señorita?
  • N-no, solo regresaba a casa, se me ha hecho algo tarde dando un paseo por el bosque.
  • Y, ¿ sus padres nunca le han contado porque no se les debe hacer tarde el pasear por los alrededores a chicas como usted ?

Mi cuerpo se paralizó, hasta ese momento no lo había advertido, pero, detrás de ese hombre pude ver a otros tres más. Entonces, supe lo que iba a suceder. Sin pensarlo dos veces, cogí impulso y aticé con el farol en la cara del hombre más cercano. Este profirió un grito de dolor llevándose las manos al rostro, momento que aproveché para correr.
Mi respiración se había convertido en ruidosos jadeos por el cansancio y el terror que me invadían cada vez más deprisa, oía las fuertes pisadas de los hombres no muy por detrás de mi, y por su puesto, cada vez más cerca, ellos eran mucho más fuertes que yo.
Corrí lo que me parecieron horas entre la negrura del bosque, sin luz y tropezando una y otra vez con la maleza, hasta que al final tropecé y caí cuan larga era arañándome la piel con las zarzas del camino. Seguidamente noté unas manos sobre mis hombros que me alzaron y me dieron la vuelta. Tenía un hombre encima de mi, con la cara algo ensangrentada por el golpe que le dí antes.

  • Esto no lo vas a olvidar en tu vida, ¡zorra!

Los otros tres me agarraron para que no pudiese moverme, entonces grite. Grité todo lo que pude hasta que mi propia voz martilleaba en mi mente y hasta que noté como mi garganta se desgarraba por el esfuerzo. Unas manos fuertes sellaron mis labios asegurándose de que no volvería a articular palabra mientras ellos terminaban.
En ese momento, el jornalero que tenía encima, con los ojos desorbitados y una sonrisa malévola agarró la tela del vestido por mi pecho y lo desgarró.
Me sentía exhausta, sin más fuerzas para luchar, mi visión comenzó a nublarse... entonces, la presión que notaba sobre mi aminoró, y escuche gritos de terror y dolor surcando el bosque, muy cerca de mi. Intenté mantenerme alerta pero me era muy difícil. Me incorporé lo que pude y ví una escena que no se me olvidará jamás; tres de los hombres yacían inertes en el suelo, con la sangre extendiéndose a su alrededor, otro grito resonó entre los árboles, enfoqué la vista todo lo que pude, el cuarto hombre corría, y entonces una sombra, más veloz que otra cosa que hubiese visto antes se abalanzó sobre ella y acalló sus gritos con la muerte. Mi visión volvió a teñirse de negro, me desplomé aún consciente sobre la tierra húmeda. Abrí los ojos una vez más, un gran lobo gris se acercaba a mi lentamente, con la poca luz que había pude ver que tenía el hermoso pelaje cubierto de sangre. Quise gritar, pedir auxilio, sabiendo que era inútil y que seguramente acabaría como aquellos hombres. Por último, miré a la bestia y me encontré con unos preciosos ojos dorados como el amanecer, antes de que las sombras me arrancasen de la consciencia y me llevasen a su seno.

Desperté, aun notaba el dolor en mis extremidades, allí donde me habían agarrado con fuerza. Y mi cuerpo pesaba más que nunca, estaba agotada, pero viva. De repente, noté sobre mi algo desconocido y cálido, me incorporé para mirar. Alguien me había tapado con una gabardina, me arropé aun más con ella agradecida por el calor que me aportaba.

  • Ya se ha despertado, ¿se encuentra bien?

Alcé la mirada sorprendida y algo aturdida. Ante mí, se hallaba un muchacho de unos 16 años sujetando un gran farol. Era alto, delgado y no muy musculoso, pero igualmente atractivo. Su tez era muy blanca, me recordó al mármol, este rasgo se acentuaba aun más debido a que tanto su cabello como sus ojos eran de un color gris más bien plateado. Era hermoso. Al darme cuenta de que me había quedado mirándolo embelesada y sin responder, aparté mi mirada rápidamente. Noté como mis mejillas ardían y supuse que me habría sonrojado.

  • No lo se... aún me siento algo desorientada... - Entonces, me percaté de que no me encontraba en el mismo lugar que antes. - Espere, ¿ que ocurrió con el lobo ? ¿ y con esos hombres ?
  • Cuando llegué hasta usted no había lobos allí señorita, debieron oír que alguien se acercaba y huyeron. Pero lo que si sé es que el animal mató a los cuatro hombres. La traje hasta aquí porque pensé que le agradaría más despertar en un ambiente menos hostil.
  • Muchas gracias...
  • James, mi nombre es James, pero todo el mundo me llama Jem.
  • Encantada, mi nombre es Evelin. Y muchas gracias por ayudarme, aunque... creo que debería de regresar a casa.
  • Si me lo permite, la acompañaré, aun está cansada y herida.
  • Si... claro.

Jem tendió su mano hacia mi. La acepté aún algo recelosa, demasiadas cosas para una sola noche. Sus dedos eran largos, como los de un músico. Y su piel fina y suave, aunque con algunas callosidades en la palma de la mano. Me sorprendí ante tal contraste, y él se percató.

  • Discúlpeme, no quería molestarla.
  • No tiene de que disculparse, ¿se debe al trabajo?- Aunque observando sus ropas no parecía que fuese un jornalero.
  • No, se debe al instrumento con el que practico, al final hay ciertas partes que deben endurecerse para no sufrir.
  • ¿Qué instrumento toca?
  • El violín.

Y así, recorrimos el trecho de bosque que nos separaban de la ciudad, hasta que llegamos a las murallas de la misma. Mantuvimos una grata conversación, conociéndonos. En una ocasión él me preguntó el motivo por el cual salía al bosque cada noche. Y se lo expliqué lo mejor que pude. No sabía porque, pero estar cerca de él me aportaba tranquilidad y seguridad. Tenía la sensación de que él podría entenderme.

  • Es peligroso, sobre todo si se queda hasta altas horas de la noche. Aunque entiendo sus motivos. Todos necesitamos escapar alguna vez, yo lo hago a través de mi música.
  • Me gustaría escucharla alguna vez.

Consciente de lo que había dicho y teniendo en cuenta que apenas nos conocíamos, me sonroje violentamente y desvié la mirada. Jem pareció sorprenderse solo un segundo, y después sonrió.

  • Estaría encantado de mostrárosla cuando queráis. Se me ocurre que, si no os parece mal, puedo esperarla aquí cada noche, y paseemos juntos por el bosque, escapemos juntos, vos a través del viento y la noche y yo a través de mis notas.
  • Me encantaría que me acompañarais, Jem.

Y así comenzó, cada noche nos reuníamos a las afueras de la ciudad, atravesábamos el bosque juntos y una vez que llegábamos al claro, Jem comenzaba a tocar su violín. Era una música hermosa, tranquila que parecía acompañar al viento. Y yo pensaba, que nunca me había sentido tan bien antes, como en esos momentos que compartía con él.
Una noche, tras varios meses, nos encontrábamos en el claro, pero Jem no comenzó a tocar su música.

  • ¿Ocurre algo? Ya sabe que si puedo hacer lo que sea por ayudarlo... lo haré.
  • Evelin, quiero hablarle de algo.

Le miré sorprendida por la decisión que marcaba su voz. Me encaré a él para mirarle a los ojos, al ver que me disponía a escucharle, habló:

  • Llevamos meses conociéndonos y ha de saber que usted es muy especial para mi, no soy muy bueno con las palabras, pero espero que las entienda. Me gustaría que, si no le parece mal, me tuteaseis.
  • Entonces yo también quiero que me tutees Jem.

Él me miró entre sorprendido y emocionado, sonrió. Adoro cuando sonríe. Jem metió su mano en el bolsillo de la gabardina, sacó una pequeña cajita de madera y me la tendió.

  • Quiero que siempre lleves esto, porque en los momentos que yo no esté, te protegerá, y también podrás recordar que estaremos juntos y podremos escapar cada noche.

Abrí la cajita, en el interior había un collar de madera tallada con un extraño dibujo. Me lo puse de inmediato. Y le sonreí.
Jem sacó su preciado violín y se dispuso a tocar. Tocó sin descanso, y esa noche su música pareció ser más hermosa que cualquier otra cosa en la tierra.

(Ilustración hecha por Irantzu Torres)

martes, 30 de octubre de 2012

El lamento de la noche



Fuego, destrucción y muerte. Era lo único que observaron mis ojos durante un largo tiempo. El caos reinaba orgulloso e imparable.

La tierra lloraba, sus heridas eran terribles y desgarradoras. Fue una época llena de dolor, un tiempo en el que el tacto de la piel se convertía por una noche en un acogedor hogar. Un tiempo en el que una amable sonrisa te devolvía el calor perdido meses atrás.
Ambas distintas, muy diferentes entre sí, pero las amaba a ambas. Y aun lo hago.

Creo que nunca entenderé mis dos mitades, pero sé que sin ellas yo no podría ser. Sería una grieta más, sería la lluvia.

Mi piel se ha perdido, ya nunca regresará. Mientras mi sonrisa me acuna yo lo escucho. Escucho el lamento que surcará las entrañas de la tierra por toda la eternidad.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Los pensamientos del Viento Azul




Me encantaría irme de aquí, irme a donde nadie sepa quien soy, a donde nadie me juzgue por mi apariencia o por mi procedencia. Me gustaría recorrer el mundo, ayudar a aquellos que lo necesitasen, impedir que gente malvada arruine las vidas de aquellas personas humildes. Como en los libros que me compra mi papá, donde guerreros y guerreras luchan por el bien y la justicia del mundo. Papá dice que actualmente existe gente así, pero yo nunca los he visto.
Sé que es un camino duro, pero… ojalá pudiese hacer algo semejante. De ese modo entonces todo cobraría algo de sentido para mi.




Esa noche soñé, soñé que las miradas emanaban calor, que mi andar tenía un destino. Y mientras soñaba, sonreía.



Diario de Alenae Vientoazul (semielfa, 9 años).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Extracto de los textos sagrados del culto del sol

Hubo un tiempo en el que el mundo se cubrió de oscuridad, y los demonios surgieron de las profundidades para bañarse en nuestra sangre. Utilizando una hechicería tan negra como sus cuerpos, Los que No Duermen robaron la Luna, y el Sol, llorando, abandonó el cielo en la búsqueda de su hermana, cubriendo la tierra de una noche eterna. Terribles fueron esos años, en los que la misma tierra gritaba, temblando, por la magia de los demonios. Las cosechas se marchitaban, los animales morían con las entrañas podridas en los bosques. Los ríos dejaron de fluir, el agua no calmaba la sed de los hombres cuando la bebían. El fuego no calentaba apenas en el frío de la noche eterna. El viento aullaba en los cielos, desgarrado. No había consuelo posible ni en el descanso, pues los demonios habían robado incluso los propios sueños. No había más que oscuridad, incluso tras cerrar los ojos. Y entre las sombras, Los que No Duermen campaban a sus anchas, devorando a los hombres, atacando las aldeas sin que nadie les hiciera frente, hordas de bestias sedientas de sangre, lideradas por demonios aún más oscuros a los que nunca antes se había visto.

Pero cuando finalmente la misma humanidad parecía al borde de la extinción, llegó la salvación. Apiadándose de nuestra desgracia, el Sol decidió regresar. Y no sólo brilló en el cielo de nuevo, sino que se alzó en la tierra, tomando la forma de un ángel de la luz. Y así, el Dios-Sol unió a los hombres bajo su bandera, rescató a su hermana la Luna y desterró a Los que No Duermen a las profundidades de la tierra, allí donde jamás se atreverían de nuevo a caminar bajo su luz. Y sólo entonces, el Dios-Sol aceptó ser nombrado el Emperador de los hombres, para que su linaje pudiera gobernar y protegernos a todos, desde ese momento y para siempre.


  Colaboración de Igor Ruiz de Gordejuela, un pequeño relato utilizado para una partida de rol en vivo que me fascinó.

lunes, 20 de junio de 2011

Allí, arriba.


Un pajarillo surca el cielo volando.
Vuela alto, alto y más alto.
Yo lo miro volar, sentada en el suelo pedragoso, sin más ambición que la de observar.

El tiempo pasa despacio. Las sombras se acentúan, y el sol amenaza con esconderse.

Una suave brisa trae un olor floral propio de la primavera.

La hierba, vuelve a nacer. Pero nosotros no. Nosotros seguimos igual que siempre, sin nada por lo que preocuparse, sin nada que hacer. No somos de este mundo, pero estamos en él.

¿Que por qué?

Nunca me lo he planteado, supongo que por cambiar, supongo que por ver un sitio diferente, por "romper" la rutina.
Es agradable que el viento acaricie mi piel y surque mi cuerpo, aunque este no se encuentre allí.

Es una lástima que no quede de este mundo nada más que el viento y el sol.
Todo está derruido, todo está muerto. Las ciudades no lucen más gamas que la del gris, están apagadas, y jamás se encenderán de nuevo. La batalla final fue demasiado dura, no la pudieron soportar.

Las olas ya no se mueven, ya no están. Exhalaron su último suspiro años atrás.

No se oye nada, nada se oye.

Reina el silencio, y lo hace con majestuosidad, sabiendo que nada ni nadie podrá arrebatarle su trono.

martes, 29 de marzo de 2011

El despertar de la tierra


En la inmensidad de la noche, el bosque dormía. La luz de la luna era fantasmagórica, y... el susurro del viento hacía parecer que los árboles se movían en la oscuridad.
En lo más hondo del bosque, donde nadie se adentraba jamás, la espesura de este era desmesurada. Apenas entraba claridad. Ni los rayos del sol más abrasador podían iluminarlo.
Ese día, la tierra nació. De nuevo.

Esa noche en el gran bosque, los elfos daban comienzo a la celebración anual del Alda Alcar (el árbol de la gloria). Su líder Galaderiel hizo comenzar el festejo nada más caer el sol.
La magia se desató por doquier, los elfos entonaban unos cánticos tan hermosos y fantasticos que con ellos podría hacer enloquecer a cualquier hombre. El bosque entero parecía vibrar de pura energía.

Lilian esquivó una rama con la que estuvo a punto de golpearse en la cabeza. Sus músculos se habían vuelto fuertes y ágiles. Sus delicados pies más fuertes. Y había aprendido a sentir y amar el bosque. A creer en todas y cada una de las leyendas que se contaban sobre ellos. Y por eso, como todos los elfos, ansiaba la llegada de la nueva era de la tierra.

En medio de la agitacion del bosque, el viento cesó de golpe. Las nubes grises escondieron la luna dando paso a una intensa penumbra. Y en el corazón del bosque, el árbol más sabio y antiguo de este, se estremeció. La tierra tembló bajo este y un suave temblor se extendio por todo el bosque. Los elfos se quedaron paralizados unos segundos, los cánticos cesaron de inmediato y todos miraron en una sola dirección.
Liliam se detuvo instantáneamente en su recorrido, y hecho una mirada hacia atrás, hacia el corazón del bosque. Y en ese momento supo sin lugar a dudas, que él, había abierto sus ojos de nuevo.

lunes, 3 de mayo de 2010

Del revés


Una vez más, el cielo se ha inundado con su propia lluvia...

Nieva hacia arriba.

El cielo brilla desde atrás, pero aun así duele demasiado.

Las calles están vacías, ya no hay trineos, ni niños disfrutando de los últimos montones de invierno.

Están repartiendo piruletas y pastelitos, pero ellos siguen sin salir. Yo les comprendo, las piruletas heladas perdieron su sabor hace ya mucho. Ya no pueden engañarles, bien por ellos.

Aunque esto se vea poco, un día no muy lejano, amanecerá de noche y la luna brillará de día. Es hermoso, yo lo he visto, pero no es real, por eso no pude sentirlo.

Los cristales ya no reflejan la realidad, sea lo que fuese eso, ya se terminó, y jamás volverá.
Es por eso que esta es una nueva vida, de gozos y sonrisas albinas. Un mundo nuevo que está pero que no existe. Un lienzo sin pintar y ya terminado.

Jugo de manzana = agrio.

No.

Jugo de naranja = agrio.

Cuando algo comienza recto, termina del revés. Por eso hay que dejar que el mar nade en los peces. Yo un día se lo permití, y logré escapar. Pero uno nunca escapa para siempre, pues vuelve y vuelve y vuelve y no deja de volver.
Aunque lo único que hay que hacer, es dejar que se canse.

jueves, 29 de abril de 2010

La obsesión de Fulgon (parte 3)


Todo había vuelto a la calma, los nocturnos habían firmado la paz con El Reino del Sol y no volverían a atacar. La noche había recuperado su esplendor junto con el brillo de los recuerdos de la hija de la luna. Pero... no todo estaba tan en calma como parecía, y Dinfen sospechaba sobre ello. Fulgon se estaba empezando a comportar de un modo muy extraño; se pasaba el día mirando por el alfeizar a quién sabe donde, metido en reflexiones que no compartía con nadie.

-Mi señor. ¿Le ocurre algo? ¿Hay algo que le preocupe?
-Buenas noches Dinfen. No, no me pasa nada.
-Permitid que lo vea por mi mismo. Solo será un momento. ¿Cuál fue la prueba que la mujer de las aguas te impuso?
-Fue una tontería, algo muy sencillo.
-Nunca te fíes de la sencillez de una mujer tan poderosa como ella. ¿Qué fue?
-Un beso. Solo tenía que besarle.
-Ten cuidado. Y si sientes deseos de ir por ella, no lo hagas. Porque será tu perdición, jamás regresarás a casa.
-Déjame, Dinfen.

Este, preocupado, se marchó de los aposentos del príncipe dejándolo solo. Se dirigió a la torre alta del castillo, donde tenía su biblioteca y todos sus escritos. Se quedó mirando el reino que su hijo había construido a la luz del amanecer.
Entonces, a lo lejos divisó un caballo blanco galopando hacia los límites del reino. Inmediatamente corrió a los aposentos de Fulgon, pero este ya no estaba allí. Dinfen se dirigió al ventanal, levantó la vista hacia el sol que se asomaba por el horizonte y rezó;

-Por favor, protege a tu hijo, a tu luz y tu calor.

Fulgon cabalgó buena parte de la mañana para cuando llego al Páramo Verde, al lago donde conoció a aquella mujer de belleza ancestral. Desmontó y repitió los pasos para hacer que la dama saliese de su escondite del lago; rozó el agua con los dedos creando una honda hasta llegar a la cascada, que se partió en dos. Allí estaba ella, con su vestido blanco, su pelo azulado, y sus ojos, negros como la noche. Esta avanzo hacia Fulgon por encima del agua hasta llegar a él, se detuvo esperando que él diera comienzo a la conversación pero en vista de que no lo hacía empezó ella misma;

-Dime Fulgon, ¿por qué has vuelto a venir?
-He traído la espada de vuelta.
-Muy bien.- Extendió sus maños sujetando la espada con delicadeza y la arrojó con sumo cuidado al fondo del lago.- ¿Algo más?

Fulgon agachó la cabeza. No tenía muy claro por qué, simplemente había ido allí porque sentía la necesidad de volver a verla, de volver a estar con aquella mujer.

-Quería volver a verte. Nunca había conocido a nadie como tú. ¿Quién eres?
-No soy nada y lo soy todo, soy el agua que corre por los ríos y que se hunde en este -lago, pero a la vez no existo. Por eso estoy aquí sola.
-A mi no me importa estar a tu lado.
-Eso es porque tú, príncipe de la corte del sol, no has podido contra el deseo de estar junto a una mujer. Esa era tu prueba.
-No, no es cierto, yo he venido aquí porque yo he querido.
-Entonces, ¿ serías capaz de no volver jamás?
-…
-Ya veo. Puedes hacer e ir donde te plazca si aun estás a tiempo de recuperar algo de tu voluntad. Pero as de saber, que nunca seré tuya, ni de nadie.
-Te esperaré.
-¡Jah! ¿esperarme? Estarás muerto dentro de unos años y yo seguiré aquí intacta y joven.
-Entonces me quedaré aquí por siempre.
-¿Es eso lo que quieres? ¿ese es el precio que pagarás por el préstamo de la espada? ¿tu alma?
-Si.
-Muy bien. Te quedaras aquí para siempre.

Dicho esto, el agua del lago comenzó a arremolinarse entorno a Fulgon envolviéndolo y atrapándolo en un enorme remolino de agua. Y cuando todo quedó en calma nada se movía en el lago; las aguas estaban tranquilas en su cauce, la dama del lago había desaparecido y todo estaba repleto de un profundo silencio.
Dinfen cabalgaba lo más rápido que podía, ya estaba llegando al lago después de tan largo camino. Al llegar desmontó y hechó un vistazo a las aguas, estaban en calma. De repente su mirada se clavó en una figura inconfundible y descubrió con horror a su hijo arrodillado, ahora convertido en una estatua de piedra, en un gesto de respeto mientras las aguas de la orilla acariciaban lo que antaño habían sido sus pies.

jueves, 4 de marzo de 2010

La espada de los elementos (Parte 2)


Lunnaen avanzó hasta él por encima del agua, como si ésta fuese sólida. Se detuvo a unos pocos pasos de él.

-No seas arpía. Sé que ésta no es tu forma original. Muéstrate.

La mujer ladeó la cabeza, sonrió y cambió de forma; vestía un precioso vestido blanco con caída, y tenía el pelo largo y azul. Sus ojos eran completamente negros, sin distinción de pupila y córnea. Su piel era muy pálida y tenía un toque azulado. Era una mujer bellísima.

-Eres muy astuto. Te pondré otra prueba entonces. Si de verdad quieres la espada tal -y como las aguas me han dicho, tendrás que besarme antes.
-¿Cómo dices?
-Oh vamos. ¿O es que acaso temes olvidar a la mujer que amas?
-Eso es algo imposible.
-Entonces, ¿qué problema tienes? Solo será un beso, y un beso tendrá la importancia que tú quieras darle.
-…

Ella se acercó a él hasta quedarse a escasos centímetros de su rostro. Él se inclinó hacia ella y posó sus labios sobre los de ella.
De repente, el agua del lago se arremolinó entre los cuerpos de ambos, enredándolos, envolviendo y acariciando sus pieles, recorriendo todas las partículas de sus cuerpos...
Poco a poco, el agua fue volviendo a su cauce a medida que el beso terminaba; y al finalizar, ambos estaban empapados. Ella sonrió complacida y le entregó la espada a Fulgon.

-Con ella podrás detener a todo aquel con corazón oscuro, pero tu orden ha de ser clara, de otro modo, ella hará lo que le plazca. Esta no es una espada cualquiera.
-Gracias.

La mujer inclinó la cabeza, las aguas ascendieron por su cuerpo, envolviéndola entera, hasta tragársela. Una vez en calma el lago, solo se hallaba Fulgon, con la espada de los elementos entre sus manos y la mirada perdida en las aguas del misterioso lago.

A lo lejos se escuchaba el galopar de un caballo, cada vez más y más cerca. Fulgon se giró en la dirección de donde provenía el sonido, esperando pacientemente. De repente, de entre los árboles apareció Dinfen montado en su caballo. Parecía nervioso y asustado.

-¡Fulgon! Debes darte prisa. ¡Las tropas oscuras han llegado ya a las murallas y no resistiremos mucho más!¿Has conseguido la espada?
- Si. Ya la tengo. Vayámonos de aquí. ¿Cómo has conseguido salir de la ciudad?
-Por los pasadizos que dan al bosque, es la única vía de acceso a la ciudad ahora mismo.

Cabalgaron hacia la ciudad, se adentraron en los pasadizos secretos que atravesaban las murallas por debajo de estas, y una vez dentro de la fortaleza, guardaron sus respectivos caballos y se dirigieron a las puertas ahora cerradas de la muralla.

-Mi señor, antes de que atraveséis los muros para enfrentaros a las tropas de la noche, permitidme ver la espada por favor.

Dinfen, a pesar de ser el padre de fulgon se refería a él con respeto servicial cuando estaban en compañía de mas gente de la ciudad, pues era la postura correcta que debía mostrar hacia el príncipe, por mucho que fuese su propio hijo.

-Claro Dinfen, pero date prisa.

Dinfen sujetó la espada entre sus manos, cerró los ojos. Una leve sacudida izo que su cuerpo se tambalease y abrió los ojos.

-El modo correcto de utilizar esta espada es el de transmitirle tus sentimientos, dejar que estos ocupen cada parte de tu ser. Entonces ella lo tomara como una orden y realizará lo que desees.
- Muy bien, lo intentaré. ¡Abridme las puertas!

Poco a poco las puertas de la gran muralla blanca se abrieron para Fulgon, que quedo posicionado entre las tropas enemigas y su ciudad. La noche se había adueñado del cielo, y la luna, gris y apagada, se mostraba llena.
Fulgon elevó la espada al cielo, e intentó transmitir todo aquello que sentía.

-Por ti mi amor, que tu recuerdo calme su furia.

Entonces, clavó la espada en el suelo. Una honda de aire acarició los rostros de los presentes , y de la espada comenzaron a brotar raíces, chorros de agua y rayos de fuego. Estos fueron extendiéndose por toda la ciudad y el reino, encerrándolo todo en una cúpula de diferentes elementos. A continuación, aparecieron de la espada una especie de episodios e imágenes espectrales. Los recuerdos que Fulgon guardaba de Lunnaen comenzaron a extenderse por doquier, y en un momento dado, todos ellos, se concentraron en un mismo sitio formando un enorme chorro de luz que ascendió al cielo desgarrando completamente la esfera en la que estaban envueltos, y chocó con la luna, y así ésta, recuperó su brillo.

Finalmente, los habitantes de las tierras de “La Noche Eterna”, pactaron un acuerdo de paz con “La Ciudad del Sol” en memoria de su señora.

viernes, 12 de febrero de 2010

Fulgon, hijo del sol (parte 1)


Fulgon despertó en medio del caos. Las tropas oscuras de la noche habían atacado y estaban masacrando el reino del sol. Inmediatamente mandó a los soldados de la legión ardiente a la batalla con la orden de frenar a los nocturnos, pero no de matarlos. Él entendía perfectamente la furia que guardaban dentro. Su señora, su luz, había muerto enferma; y por ello, él mismo se sentía enfermo por dentro.
Lunnaen... no había noche en que no mirase a la luna recordando su piel, su rostro, sus labios fríos y dulces... esos recuerdos le taladraban la cabeza, pero se le antojaban tan bellos que se negaba a perderlos .
Mientras estaba sumido en su reflexión, el mago sabio del reino entró en sus aposentos. Fulgon se giró y pestañeó como saliendo de un trance.

-Hola Dinfen.
-Mi señor.- Dinfen era un hombre viejo, su piel estaba raída por el tiempo, una larga barba roja le caía hasta el pecho, y sus ojos cobrizos rebosaban sabiduría.- He venido a darnos una oportunidad.
-Habla pues. Sabes que tu consejo siempre es mportante para mi, padre.

Dinfen suspiró, se adelantó hasta el ventanal y se posicionó al lado de su hijo.

-Hijo mio, no me gusta el destino al que esto te llevará, pero no hay otra salida. Has de ir a ver a la dama del lago del Páramo Verde, ella guarda una espada sagrada; la espada de los elementos. Con ella podrás detener esta catástrofe.
-Muy bien. Entonces partiré ahora.
-Pero antes he de advertirte. Esa mujer no es humana. Ella pondrá a prueba tu fuerza y tu valor, y si consigues convencerla, entonces te proporcionará lo que desees. Pero no debes caer en su trampa; tomará la forma de lo que más ansías o amas. Te lo colocará delante de ti, cerca e inalcanzable. No debes caer en su trampa. No debes intentar alcanzar a Lunnaen, hijo.
-¿¡Lunnaen!?
-Será esa la forma que tome. Será igual que ella.

Fulgon se apartó violentamente de su padre, se dirigió a la puerta y bramó:

-¡Ninguna mujer podrá jamás igualarla! ¡JAMÁS!- Cerró la puerta y bajó las escaleras dirigiéndose a las caballerizas; preparó su caballo blanco y partió hacia el Páramo Verde.

Al atardecer había llegado al lago. Este no era muy grande y tenía una cascada al fondo. La vegetación de los alrededores era muy densa, y la luz del sol, que ya se escondía, le daba un brillo místico al agua.
Fulgon desmontó y se acercó a la orilla. Se agachó y rozó el agua con los dedos, creando una onda en el agua. La onda creció, surcó el lago entero hasta llegar a la cascada y no cesó hasta que ocurrió algo que él no se habría imaginado nunca; la cascada se partió en dos, y en el centro de esta se encontraba alguien a quien creía que no iba a volver a ver. Sostenía una espada en las manos, la espada de los elementos. Era Lunnaen.
Fulgon se quedó paralizado al verla, exactamente igual; con su pálida piel con brillo propio, su pelo rubio y largo, sus pieles de lobo envolviendo su cuerpo...todo en ella era igual excepto...sus ojos. Eran totalmente negros, no había vida en ellos. Ese morado espectral que recordaba de los bellos ojos de su amada, había desaparecido.

jueves, 2 de julio de 2009

Tormenta eterna


La noche aullaba de júbilo ante la caída del sol, el viento le pidió permiso para acompañarle y la noche le aceptó encantada.

Las ramas deshojadas de los arboles empezaron a chirriar contra mi ventana, de modo que me sobresalté. Tanteé el suelo con la punta de mis dedos, palpé la pared en busca del perchero y al percibir una suave tela cogí mi camisón, me vestí y me dirigí a la terraza.

Al salir y pisar la fría baldosa pude percibir el poderío que flotaba en el aire de la noche; el viento se alzaba grandioso y espectacular cambiando todo de sitio, y la luna estaba simplemente espléndida. Y yo...yo sentía que volaba junto al viento, me sentía tan bella como la mismísima luna y tan fuerte y grandiosa como la noche. Pero entonces...todo cambió, y se creó un silencio sepulcral.
Las hojas se posaron en el suelo ya que el viento dejó de soplar, decidió abandonar a la noche en medio del festival.
La luna, furiosa abandono también y se refugió en las nubes, dándole la espalda a todo.
La noche, dolida, entregó sus cielos a un color desvivido y turbio.
Y yo...yo sentía como caía desde el cielo gris, sentía mi piel descomponerse ante las grietas causadas por la fría temperatura y como mi ánimo se desmoronaba, asta caer a las duras baldosas otra vez.

El silencio pavoroso fue interrumpido por los lamentos de mi alma.
La niebla aumentaba, tragándose todo a su paso, cegando asta la llama mas potente, sin dejar ver, ahogando mi vista.
Un relámpago enfurecido cruzó el manto neblinoso rugiendo en el cielo y comenzó a tronar. El estruendo era mayor que el que le antecedía. Y empezó a llover.
Al igual que la noche, las lagrimas que rozaban mi rostro, siguieron su curso hacia el mas allá, inundando todo cuanto tenían delante, sin importarles si quiera la catástrofe que causaban a su paso.
El viento enfurecido volvió, cortando mis labios, arrasando mis manos y mi cuerpo.
Ya no tenía fuerzas para levantar, tampoco las busqué ni las quise. Ese fue mi error, no luchar, no seguir hacia delante, y por eso, todo se tiñó de negro y se convirtió en oscuridad.

Únicamente apreciaba la tormenta, la que había estado esperando con impaciente amargura, como un pobre perro espera su abandono al conocer su ruin familia o un niño espera a que su desgraciado padre le apalee hasta hartarse. Aunque esa noche y como todas, me dejé llevar una vez mas por la llama de la esperanza y al final, para nada.

Todo se acabó apagando.

viernes, 12 de junio de 2009

Ultima Exhalación


Nunca más pudo volver a verle sonreir.

Es imposible que olvide ese día, que borre de mi cabeza esa imagen, y el sentimiento de desesperación acompañado de un grito atronador cuando ella se perdió para siempre entre sus brazos.

Era 27 de Marzo de 1987 cuando ocurrió.

Glen le había dicho a Leyre que se alejara de él y de ese condenado pueblo hasta que todo pasara. Si en verdad era un vampiro el asesino al que debíamos detener, uno de los Legendarios, teníamos un serio problema; nadie que se enfrentase a él podría seguir con vida, lo cual no significa que no se pudiese salir victorioso, pero no con vida.
El único que podía intentar algo era Glen, ya que era como él. Bueno, no era uno de los Legendarios, pero de la misma especie al fin y al cabo. El asesino lo sabía, y le estaba esperando. Por eso Glen insistía tanto en alejar a Leyre, para que él no la matase. Pero no había manera.

Leyre era una de esas personas testarudas y valerosas que estaban dispuestas a enfrentarse hasta a la propia muerte por los suyos. Y ella estaba locamente enamorada de Glen. Nosotras, por supuesto, apoyamos a Leyre, no íbamos a dejar a Glen solo.

Pero él tenía razón, teníamos que haberle hecho caso.

Le hicimos creer que nos quedaríamos en casa mientras él iba en busca del asesino para pararle los pies.

Estábamos detrás de unos arbustos mirando y esperando por si él necesitaba ayuda. Llevábamos lanzas hechas con madera de fresno, con eso no conseguiríamos matarlo, pero si hacerle daño y dejarlo indefenso para que Glen le rematara. Desgraciadamente fuimos demasiado ilusas creyendo que podríamos hacer algo contra semejante ser.

Ambos estaban en el claro, pero había una gran distancia entre ellos.
Teníamos un pro y un contra; había una manera de acabar con el vampiro, pero no sabíamos cual era.

El cielo estaba encapotado y tenía un color morado-grisáceo, dispuesto a ofrecer un ambiente aun más terrorífico a la escena.
Nos dimos cuenta de que la tormenta se formaba encima de él, el viento... era como si surgiera de él mismo.

Todo fue muy rápido.

Antes de que me diera cuenta, Leyre corría en dirección al claro. Solo pude ver como el vampiro cogía un rayo con su propia mano y lo lanzaba en dirección a Glen cuando algo se interpuso entre su cuerpo y el rayo, el cual rebotó y salió disparado hacia su creador convirtiéndolo en cenizas.

Leyre...

Ahora ya sabíamos cómo se podía acabar con un vampiro Legendario.

Es imposible que olvide ese día, que borre de mi cabeza esa imagen, y el sentimiento de desesperación acompañado de un grito atronador cuando ella se perdió para siempre entre sus brazos.

Nunca más pudo volver a verle sonreir.

jueves, 4 de junio de 2009

Un adiós...


Estoy sola, sola con mis pensamientos, camino sin vacilar.
Paseo mis destrozados pies descalzos por la vegetación que un día murió a causa de los potentes rayos del sol.

Me detengo y pienso, solo un resultado : un suspiro.

Reitero, doy media vuelta.

Mis amigos huyen, mi familia se va. Todos se marchan en busca de un buen lugar. Yo no, yo me quedo una vez más.
Allí están, subiendo a una pobre embarcación, arriesgando todo cuanto tienen...

¿Y por qué?

Por una sonrisa, por un buen empleo, por una vida decente, por la felicidad que nunca tuvieron, por la supervivencia, por un mundo mejor en el que vivir.

Les dedico la mejor sonrisa que puede disimular todo el acongojo que llevo dentro y levanto mi mano de despedida deseando buena suerte a unas caras que no volveré a ver más.

No lo puedo evitar...

Las lágrimas comienzan a brotar; caen desde mis ojos y resbalan por mi rostro hundido, aunque no logran terminar su recorrido ya que el viento las secó en el intento.

Levanté mi cabeza y oteé el horizonte con la mirada perdida en el infinito. Abrí la boca para permitir que unas delicadas pero intensas palabras nacieran de mis secos labios jurando:

YO TAMBIÉN SERÉ ALGUIEN, LA SIGUIENTE SERÉ YO.

viernes, 22 de mayo de 2009

Cartas desde mi celda


Luz.

Un techo gris con una bombilla como lámpara. A mi derecha una pared semejante al techo, pero sin bombilla. A mi izquierda, un urinario pegado a la pared acompañado de un lavabo haciendo esquina, algo más alejados de la litera en la que me encuentro. Frente a mi, rejas. Unas rejas negras separándome de un pasillo interminable con unos cuantos guardias custodiándolo.

Oscuridad.

Tú me fallaste, supongo que yo también te fallé a ti. Y mi pregunta es; ¿Tú también estás en una celda? Si es asi... oh amor mio cuanto desearía que fuese esta.

Valla, noto como mi rostro se humedece... qué será esta sensación de angustia y acongojo, porqué está lloviendo en mis ojos...

Un ratón me visita a diario para sonsacarme algo de pan, ya ves, sigo teniendo amistades. También está ese alegre pajarillo que me despierta por las mañanas desde la ventana que antes no mencioné.

No se si me quedaré mucho o poco, estas cosas son difíciles de conocer, como bien tu me solías decir; "El verdadero significado de las cosas, no es siempre el que se describe o se ve".






Inspirado en Gustavo Adolfo Béquer (cartas desde mi celda)

miércoles, 13 de mayo de 2009

El final de los cuentos de hadas


Un jilguero silbando posado en una rama, dando la bienvenida a la primavera;

una bella dama dormida en lo alto de una torre custodiada por un feróz dragón esperando el beso de el ansiado principe que le despertará.

Una tierna pareja admirando un hermoso crepúsculo a las orillas del mar.

Y caperucita recorriendo el bosque, ya fuera de sus dominios acercándose con una cesta a donde aguarda la cruel bruja en su casita de chocolate y dulces.

Tantas historias y relatos, tantos sueños y anhelos rotos en trocitos de algodón y guardados en un tarro para no perderlos jamás...

Tantas lágrimas, siempre lágrimas cayendo sin cesar por desolados páramos hasta los eternos lagos de cristal.

Las buenas doncellas felices con sus amados príncipes y las malvadas brujas escondidas en un horno despiadado a fuego vivo...

Si.

Los finales de los cuentos se antojan preciosos, estupendos, maravillosos...

Pero la última vez que ví a los siete enanitos se despedían con amargos llantos de su querida Blancanieves.

La historia del columpio


¿Por qué se cayó la niña del columio?

"Hola, me llamo Samara y tengo 7 años. La historia que os voy a contar tuvo lugar hace ya unos meses; espero que os sirva en alguno de los aspectos de vuestras vidas.

Era un día cualquiera y el tiempo no era especialmente bueno, el sol se escondía avergonzado entre las nubes que amenazaban al mundo con su amarga lluvia.

Yo estaba como todos los días, en mi columpio, balanceándome una y otra vez, como siempre. Entonces fue cuando me caí.

Siempre estoy sola, apenas como, cuando duermo, paso frío y casi siempre estoy enferma; mi vida siempre ha sido ruin y apestosa, es lo que me ha tocado vivir.
Y poco a poco, eso me hace flaquear. Cada día me cuesta más abrir los ojos y cerrarlos al anochecer. Ya no me quedan fuerzas para balancearme como si nada, por eso no pude volver a subir. Pero con el paso del tiempo comprendí que no me podía quedar entre las mustias hojas esperando una ayuda o una muestra de caridad, porque hoy en día no es que abunde mucho ese tipo de cosas.

De modo que me levante, y me encaré con mi tristeza, me despedí de mis lágrimas y les ordené que no volvieran jamás. Y así volví a sentir como el dulce viento rozaba mi rostro y surcando mis pulmones, llenandomelos de esperanza."

sábado, 11 de abril de 2009

La niña del columpio


Un parque gigantesco, cubierto de todo tipo de árboles. El parque más importante de la ciudad, pues en su interior albergaba todo tipo de posibilidades; tanto para los amantes del deporte, como para esas personas que adoran salir a pasear y disfrutar del viento de la suave caricia del dulce sol. Pero sobre todo, era un sitio mágico para los niños.
A diario los niños iban a pasar las tardes al parque; pero no a cualquier lugar de él.

Al fondo, en lo más recóndito, se encontraba un columpio algo más antiguo que el resto. Y este columpio, tenía su propia historia. Una historia, que solo los niños conocían.

Allí, en el parque, vivía una niña huérfana; siempre jugaba en el columpio. Pero un día, esa niña se cayó de él. Y ya no se atrevía a volverse a subir.

¿Por qué se cayó la niña del columpio?

Hay muchas teorías circulando sobre como sucedió;

1.- Era una niña, a esa edad tienen muchos accidentes.
2.- Se confió demasiado y al no sujetarse bien, resbaló
3.- Se emocionó tanto al ver una piruleta, que se encontró de cara con el suelo.

Pero lo cierto es, que dichas teorías son demasiado evidentes, o por decirlo de otro modo, muy comunes entre los niños. Demasiado normales. Por esa razón ninguna es cierta.

Y es que la verdadera historia es algo más oscura y complicada que una simple piruleta…

Acerquémonos con el resto de los niños para descubrir la auténtica historia de la niña del columpio.

lunes, 30 de marzo de 2009

La historia de la luna


La luna, uno de los astros más hermosos y envidiados, estaba, como de costumbre, otra noche más, observando a todas esas personas que le miraban anonadadas y disfrutando de la admiración de dichas miradas.

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Marie paseaba por las calles de París como solía hacer todas las noches; despejaba la mente, se olvidaba del estrés de la vida y del duro trabajo del día a día. Solía dirigirse a los más grandes jardines, cruzando el barrio de Montmartre, donde ella vivía.
Sin despertar a sus padres, cogió sus vaqueros, su blusa blanca, se puso los zapatos y se arregló la boina; como siempre. Ah! Y llevaba una mochila con su preciado telescopio, un tupper con algo para picar y un termo con té caliente.

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La luna estaba grandiosa dejando ver su mayor luminosidad cuando algo entre la multitud, o lo que quedaba de ella, le llamó la atención. Había una muchacha de tez clara, pelo castaño claro y de rizos perfectos. Era la única que no se había parado a mirarle ni siquiera un momento, de modo que decidió vigilarle para saber porque su belleza no era la suficiente para captar la atención de aquella niña.

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Marie porfin llegó al parque. Lo atravesó hasta llegar al lago, que ocupaba una parte importante del terreno. Se arrodilló, abrió la mochila y lo preparó todo para poder, como hacía noche tras noche, observar el inmenso cielo y ser testigo de la magnificencia del espacio. Pero ante todo y sobre todo, para admirar una vez más a su preciada llama, esa que vivía en el espacio y que latía en su corazón con todas sus fuerzas.

Saturno.

Ahí estaba, hermoso y grande, rodeado por sus anillos espectaculares, vestido con tonos anaranjados y con ligeros toques morados. Bellísimo sin duda.

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¡¿Cómo podía ser aquello cierto?! Nunca se había sentido rechazada por nada ni nadie, y esa chica… ella se atrevía a adorar más a un simple plantea, que no le aportaba nada; ni un aura luminosa, ni una belleza tan grande que pudiese eclipsar a la más bella criatura de la tierra. Y ni siquiera se dejaba ver desde cerca, no, no permitía ese lujo, en cambio ella si.
Para hacer notar el agravio que esa muchacha le había causado, la luna, avergonzada, furiosa y cohibida decidió presentarse en todo su esplendor únicamente una vez cada 28 días y así captar todas y cada una de las miradas maravilladas del mundo, incluida la de Marie.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La emperatriz de los fríos (the first witch III)


En el lugar más insólito de la faz de la tierra se hallan los reinos helados, donde habitan los fríos; antaño seres humanos, que aprendieron a vivir en los confines del mundo en unas condiciones extremas. Solo se alimentan de pescado y sopa, y apenas les queda sentido del tacto, su piel está siempre tan fría que hace mucho que dejaron de sentir el roce de las cosas.

Más allá de los valles neblinosos, de los lagos helados y de los campos nevados, en lo más alto y entre montañas se encuentra el castillo de hielo, donde habitaba Ziassia, la emperatriz de los fríos. Tan adorada como temida por los mismos, pues a la vez de hermosa y poderosa tenía siempre la misma expresión agonizante y apesadumbrada.

Ziassia era una chica joven y alta, su pelo rubio decolorado hacía que su translúcida tez se hiciese más pálida aún, y sus fríos ojos azules-grisáceos parecían clavarte mil puñales. Solía salir a pasear por los prados nevados envuelta en sus pieles de lobo, los fríos afirman que su preciada emperatriz lamentaba algo perdido o que perdería y por eso estaba siempre vagando sin rumbo.
Otros simplemente dicen que se encontraba desolada por no tener a nadie a su lado. Dicen también que tenía poderes, no tan grandiosos como los de los magos, pero tenerlos, los tenía.

Los fríos desconocían cual era el nombre de su señora, de modo que le llamaban Ziassia, la emperatriz de los fríos. Pero no por cualquier cosa, sino porque cuenta la leyenda que, antiguamente, reinaba en aquellos parajes una extraña mujer tan fría y blanca como la nieve y el hielo y ese era su nombre. De modo que le llamaron del mismo modo que su antigua emperatriz.

Una mañana, los fríos avistaron algo que no veían desde hacía años o incluso siglos; el sol había salido y sus rayos iluminaban la bella manta nevada.

Ziassia se asomó a su ventana y al ver lo que ocurría, se puso su vestido azul, se cepilló el pálido pelo y se envolvió en sus pieles lista para salir a la entrada del castillo.

En el horizonte, bajo los rayos del sol, apareció montado a caballo, un joven fornido de cabellos rojizos y desbaratados que le caían por los hombros. Vestía unas finas ropas de seda roja y transparente que dejaban a la vista una buena parte de su cuerpo.
El joven atravesó los campos y cruzo las pobres aldeas hasta llegar a las puertas del castillo donde le aguardaba ella.
El misterioso caballero desmontó y sonrió a la dama;

-Buenos días mi señora. Mi nombre es Fulgon, hijo del sol, y príncipe de las tierras de azufre, caballero de la legión ardiente.

-No sé de las tierras que se alejan de los páramos helados. ¿Cuál es la razón de tu visita?

El joven sonrió.

-Bien, permítame.
Fulgon alzó su mano y la entrelazó en la de ella con una delicadeza infinita, como si fuera de cristal y pudiera hacerse añicos en cualquier momento. Le acercó hacia sí y le sujetó la barbilla de modo que sus ojos se encontraran.

-He venido a deciros, que os amo Lunnaen, hija de la luna.

Ella abrió los ojos asombrada, hacía siglos que no oía su nombre, y ya lo tenía casi olvidado. Pero no articuló palabra alguna.

-Llevamos siglos predestinados a estar juntos, pero nunca nos hemos visto, pues uno reina en la noche y otro en el día, pero esto no es algo nuevo para vos, oh mi dama de luz. Llevais tanto tiempo escondida aquí…no podeis salir porque no sois bien recibida. Su estado es lamentable y su alma agoniza, pero aun no puede comenzar la marcha, no usted sola, por eso estoy aquí.

Lunnaen sonrió agradeciendo sus palabras. Juntos descendieron al sótano del castillo, donde se encontraba preparada la cripta. Se tumbó en ella, su respiración se dificultaba cada vez más… Y en su último aliento, él la besó.

En el exterior, el mundo contemplaba anonadado mirando como en el cielo inmenso, la luna y el sol, se unían en uno solo para formar el más bello eclipse jamás visto, justo antes de que la luna perdiese su plateada y luminosa luz, reemplazándola por unos reflejos grisáceos que indicaban que esa noche, ella, su hija, su alma, había muerto.

martes, 10 de marzo de 2009

Hija de la luna (The first witch II)


Lunnaen tenía ya 19 años. Era una joven bellísima y de curvas perfectas; sus cabellos ondulados le tapaban una parte de sus pechos y caían por su espalda como una cascada. Solía vestir un vestido azul y se envolvía en una capa blanca con capucha, no le gustaba mostrarse en público, llamaba demasiado la atención y vete a saber cuales serían las consecuencias si los habitantes le viesen.

Asi que ese día tomó una decisión; cogió su bolsa de viaje, se despidió de su madre y empezó a caminar refugiándose en las disimuladas sombras del bosque, hacia ningún lugar como destino final.

Se detuvo en la orilla del río que atravesaba el bosque, pues hacía rato que escuchaba pasos a su espalda, pero en un principio no le dió importancia. A l girarse para ver qué le seguía, pudo ver maravillada un hermoso corcel blanco que le observaba.
Lunnaen sonrió y se acercó a él, lo acarició y se subió a su lomo.

- Haremos este viaje juntos, así no estaré tan sola.

Llevaban una semana caminando cuando se detuvieron a dormir y comer. Siempre recorrían los más oscuros senderos, ocultos del resto del mundo.

Un día, encontraron una cueva al pie de las montañas y Lunnaen decidió asentar allí su nuevo hogar, aunque fuera por un tiempo. Más tarde bajó al río junto con su corcel para asearse después de un largo viaje. Allí vió a un niño, pero estaba herido. Para sanar sus heridas decidió utilizar sus poderes ya que no había nadie por los alrededores. El niño se sobresaltó al ver lo que la extraña de blanco acababa de hacer y salió corriendo.

Al cabo de unas horas, Lunnaen regresó a su nuevo "hogar", pero intuyó peligro, de modo que en vez de ir por el sendero, ordenó a su caballo adentrarse e ir avanzando entre los espesos árboles y arbustos de modo que quedasen ocultos.

Cuando estuvieron cerca de la cueva vió con horror como había unos cien aldeanos con antorchas y hachas quemando y destrozando todo en busca de la extraña dama blanca para acabar con ella, pues no era muy buen presagio que anduviese por ahí una mujer con poderes ocultándose en el bosque.

Después de aquello Lunnaen decidió irse lo más lejos que uno puede imajinar, a un lugar inhabitado para no tener que ocultarse de nadie, y vivir en paz.